Reflexiones

Así fue que el mundo me dijo lo que yo era…

A menudo me pregunto quién soy. Me pregunto que sería yo sin mis recuerdos, sin mis pensamientos, sin mi forma de actuar. Que es lo que quedaría de mi si alguien lograra borrar mi mente. Entonces ya no habría recuerdos, empezaría a nacer un nuevo yo que se iría moldeando de nuevo con los pensamientos de esta locura de mundo. Afloraría una nueva personalidad que se iría moldeando por mi circulo más cercano. Se crearía un modelo nuevo de acuerdo a la gente que me rodea, al lugar, a la cultura, etc.. Así mi nuevo yo, “mi yo en blanco”, si se encontrara en oriente, pues podría ser una persona religiosa, budista o hinduista, o tal vez un simple consumista compulsivo si estuviera en occidente. Sería pues, un lienzo en blanco que se volvería a pintar dependiendo de su entorno, para finalmente adoptar una forma o modelo de los muchos que hay en este mundo.

 

Me pregunto mucho por mi edad temprana, de la cual nada recuerdo. Que sabio era ese niño que no conocí, que nada se guardaba. Me pregunto cómo se sentiría y si sería feliz. Me remonto entonces donde empezó todo, ese punto de inflexión, donde recojo mi primer recuerdo, la primera gota de lo que ahora mi mente considera que soy. Me recuerdo feliz, muy feliz, en la casa donde vivía con mis padres y hermanos, mi pequeño mundo era perfecto. Al parecer coincido con mucha gente cuando exclaman, “Oh que feliz era cuando niño”, “quien volviera a la infancia”, “recuerdo de pequeño cuando…, que feliz era”. Recordando, veo que realmente era feliz, mi mochila estaba vacía, apenas empezaba a llenarla. Jugaba con los momentos, me cansaba y los soltaba, no los juzgaba, apenas cuestionaba, era inocente como un niño. Respiraba la vida, no me preocupaba que día era, no guardaba rencores hacia nadie, me anclaba en cada momento viviéndolo como tocara.

 

Hubo un momento que salí de mi burbuja, me encontré con el mundo exterior. Empecé a relacionarme. El colegio, donde cada maestro tenía su tinte, donde me coloreaban de diferentes tonos, para así poder saber manejar en un futuro las riendas de mi vida. El club donde realizaba deportes, los primeros tratos con personas mayores, todas exponían sus visiones de cómo debía hacer esto o aquello.

 

Poco a poco fue que empezaron a enseñarme a “vivir”. Gente con modelos bien definidos, con una cultura arraigada, me enseño lo bueno, me enseño lo malo. Me señalaban donde estaba la felicidad, cosa que ya tenía y que nunca me preocupe en ponerle nombre, yo era eso, yo estaba hecho de eso, mis momentos, cada cosa que yo tocaba lo era.

 

Inocente como un niño, iba aceptando los modelos del mundo exterior, creí, como lo haría cualquier niño. Fue entonces que mi mente empezó a crear formas. Aprendí a clasificar, a crear metas, objetivos a lograr, me zambullí en el tiempo. Y así empecé a llenar mi mochila con las cosas que debía y no debía hacer, como las debía hacer para llegar a ser lo que el mundo esperaba que fuese.

 

Tengo que poseer muchas cosas, ser “culto”, vivir en una gran casa, tener un trabajo donde me respeten, me casaré en un futuro y formaré una hermosa familia. Debo de estudiar duro, sacrificarme, porque si me esfuerzo y consigo vivir de esta manera hallaré la felicidad. Debo de ser bueno, tengo que ir a misa, alabar a Dios, ayudar materialmente a los pobres. Tengo que…, Tengo que…, Tengo que… Así fue que el mundo me dijo lo que yo era.

 

Poco a poco fui creciendo, las relaciones siempre en aumento, cada una de ellas pasaba por mi vida, unas se quedaban y otras no, pero todas dejaban una marca, más pequeña o más grande. Como una pequeña bolita de macilla, que poco a poco iba cogiendo volumen y forma. A medida que pasaba el tiempo era más difícil de moldear, cada vez más duro.

 

Así fue que se creó una forma de persona, un individuo sin identidad pero con una gran personalidad que a todas horas trataba de imponerse a otros individuos con los que se relacionaba, luchando y fabricando toda clase de bajos sentimientos, creando el desorden en una vida que no era vida, en un sinsentido de eterna lucha por imponer.

 

Mirando el mundo a través de la pantalla que me habían impuesto y que yo había aceptado, donde todo se deformaba, vivía comparando todo con mis modelos, juzgaba ya en el inconsciente si se correspondía o no a mi “yo forma”, si es así rezumaba de felicidad y si no una enorme tristeza se apoderaba de lo que creía ser, y así en un bucle infinito.

 

Cuando algo grande no encaja en el modelo, cuando no hay manera ni forma de que coincida, te conviertes en una pena andante, una mezcla de frustración, ira y tristeza. Si la personalidad creada es lo suficientemente lista, como la mayoría de las veces, pues se busca algo nuevo en que entretenerse, se incrustará esa enorme pieza que no encajó en lo más profundo, donde jamás se pueda ver y se mira para otro lado. Ahora pues me compraré una casa o un nuevo coche, me haré budista, quizás un perro, mejor aun traeré un hijo al mundo, sí señor, eso solucionará mi problema, me distraerá de mi gran pena. Cuando esta pena salga la superficie con otra forma, ya veré, por ahí quien sabe, me quito la vida. Todo resulta como estar en una piscina donde me van arrojando balones que voy metiendo debajo del agua, en algún momento la fuerza me falla, todo yo me vengo abajo, y los balones salen con gran fuerza a la superficie golpeando cada parte de mi.

 

Hay ciertos momentos en la vida, donde por grandes “problemas”, grandes piezas que no encajan con el modelo impuesto, te planteas el sentido de todo. Quizás algunos de esos momentos sea el idóneo para empezar a descubrir lo que realmente eres.

 

Ezequiel Novoa.

1 comentario en “Así fue que el mundo me dijo lo que yo era…”

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